Fuiste una pausa en el tiempo.

Dos gotas de agua en una hoja
que casi coincidieron,
pero tomaron caminos separados.

Dos lienzos en blanco
destinados a ser pintados,
por separado.

Así nos describiste.

Pero decidimos coincidir,
le pedimos una pausa al tiempo,
y desde el mediodía hasta el atardecer
fuimos el mismo lienzo, y la vida nos acarició cual pinceladas.

Nos acarició con curiosidad,
cuidadosa pero apasionada,
tal como deslicé mis yemas sobre las tuyas.

Fue la suavidad la que detuvo los segundos,
porque solo la ternura tiene el poder de detener el tiempo.

Tal vez la suavidad de mis caricias
no fue más que la manifestación de mi temor,
el miedo a que la burbuja se rompiera si la tocaba,
como si un roce más fuerte
rompiera el hechizo
y destruyera esa pausa que el tiempo nos había concedido.

Así que solo dejé mis yemas descansar sobre las tuyas,
para decirle al adiós, que sabía que vendría,
que lo aceptaba,
porque entendí que el tiempo
solo puede detenerse
si se le espera
con ternura.

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