
Bajo la luna llena de flores te conocí,
y bajo la luna llena del ciervo llegó el adiós.
Hoy, bajo esta luna nueva en Virgo te recuerdo.
Aún me tocas, aún te siento.
Tal vez, incluso, más que cuando a tu lado nos acariciaba el viento.
Desearía que, así como el calor del verano empieza a desvanecerse,
se desvanecieran también los rastros de tus labios en mi cuello,
la ternura de tu mirada descansando sobre mi piel,
o el roce de tus pies contra los míos antes del anochecer.
Que te quedaras en el pasado, como quedaron ya
las flores de Viena,
los atardeceres de Dresde,
los helados de Praga,
las copas de Madrid,
y los tomates de Francia.
Pero tú no te quedaste ahí.
Aún me acompañas,
hasta este otoño.
Donde tu recuerdo, lejos de desdibujarse,
se enraíza.
El verano te pintó de ilusión y de risa,
y mi otoño te dibuja de lo que no pudo ser,
y de melancolía.
El verano se ha ido,
y no entiendo… ¿por qué, por qué, por qué
no te fuiste con él?
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