Autor: Gabriela Irastorza

  • Manos Necias

    Mañana doce de septiembre
    tu cumpleaños
    tu recuerdo me azota 
    como látigo que corta el aire 
    y hiere la piel. 

    Los sueños me atormentan 
    y aún siento incertidumbre al no saber
    si fuiste tú, 
    si fui yo, 
    si fue nuestro destino,
    o fuimos los dos. 

    La última despedida 
    ¿fue la última?
    después de tantas veces que nos hemos despedido,
    y pensamos efectivamente haberlo concluido. 

    Como tú dirías, que dijo alguien más…

    Que no eras tú,
    ni era yo, 
    sino las manos necias que daban cuerda a ese reloj. 

    Y sin embargo, muy dentro sé
    que fui yo.

    La que no pudo, no supo,
    o tal vez no quiso
    quedarse.

    Todavía no sé,
    si fue por egoísmo,
    por falta de empatía,
    o si un día, sin darme cuenta,
    el amor se marchó sin despedirse.

    Se me escurrieron las ganas como agua entre los dedos. 

    Y me tomó tanto tiempo verlo.

    Mañana doce de septiembre,
    otra vez,
    tu maldito cumpleaños. 

    Me pregunto, 
    ¿debería escribirte?
    ¿Para calmar mi culpa?
    ¿O será que aún me creo
    más importante para ti
    de lo que en realidad soy?

    Tal vez no te importe si lo hago,
    pero tal vez te rompa si lo hago.

    O peor aún,
    te rompa si no lo hago.

    De cualquier manera,
    sigo cargando en el pecho
    este silencio que me asfixia,
    el eco de promesas rotas.

    Las que rompiste tú,
    las que rompí yo,
    las que rompimos los dos,
    o esas malditas manos y ese reloj.

    Y sobre todo cargo
    la más terrible de las certezas:
    saber que fui
    el villano de la historia,
    la mala de tu cuento,
    la sombra de la trama, 
    de la historia más bonita que viví.

  • El eco de nosotros.

    A todos los amores de otras vidas que he fallado en reconocer en esta. 

    En otra vida, paseamos por el parque,
    Nos leímos poemas.
    Quité pelusas de tu ropa,
    Y tu aliento me envolvió por las mañanas.

    En otra vida fuimos todo.
    Nuestra hija portó el nombre de tu abuela,
    Los invitados descalzos a nuestra boda,
    Y aprendí de memoria todos tus lunares.

    En otra vida nos amamos,
    Me llamaste amor, vida mía.
    Conociste lo que me irrita,
    Y cocinaste mi comida favorita

    En otra vida hicimos el amor hasta saciarnos,
    Despojaste a la vida de sentido sin mis besos.
    Escuché tus temores hasta el alba,
    Y sostuve tu mano junto a la tumba de tus padres.

    En otra vida fui yo,
    Con quien danzaste al compás del silencio
    En medio de una calle cualquiera,
    Haciendo del mundo nuestro escenario,
    Seguros de que todo era nuestro.

    En otra vida fui yo,
    Con quien discutías con furia,
    Porque en mí alcanzaste a ver
    Lo que en ti mismo
    Nunca te atreviste a reconocer.

    En otra vida fui tu reflejo,
    Tu roble,
    La que llevó en su vientre a tus hijos,
    Y el paño que secó tus lágrimas.

    En otra vida fuimos cómplices.
    Te conocí tan bien,
    Que supe dónde dolía,
    Y los sitios exactos donde nacía tu risa.

    Desde esa vida no olvidé
    El color de tus ojos bajo el sol,
    El aroma que dejaste en nuestras sábanas,
    Y el sabor de tu lengua sobre mis labios.

    En esta vida soy,
    Si acaso un segundo,
    Una mirada prolongada,
    O una sonrisa compartida,
    La complicidad de un instante fugaz
    Entre dos desconocidos
    Que al cruzarse se preguntan:
    ¿Creo que te he visto antes?

  • Sin Verano

    Otoño, te siento cerca,
    y contigo llega la melancolía.
    Eres esa suave sensación de despedida,
    y aunque hermoso es Septiembre,
    trae el sabor de un adiós.

    Adiós a la fuerza del sol que pintaba mi piel,
    y a las risas que ahora son parte del ayer.
    Adiós a las ilusiones,
    a todo aquello que pudo ser.

    Es verdad,
    que el verano teje promesas en el aire,
    y el otoño trae con firmeza su verdad.

    Es seguir caminando,
    reencontrar el propio rumbo,
    bajar de la nube,
    y remontar el barco.

    Y de pronto,
    nos damos cuenta
    de que más de medio año ya ha pasado.
    Otra vez.

    Y nuevamente,
    los sueños del verano fueron solo eso:
    sueños.

    Pero no es el paisaje lo que nos quita el aliento,
    ni los postres que disfrutamos,
    ni los caminos que recorrimos.Es el eco de las risas,
    los besos,
    las caricias,
    que compartimos
    y que solo en la memoria podremos revivir.

  • El otoño y tú con él

    Bajo la luna llena de flores te conocí,
    y bajo la luna llena del ciervo llegó el adiós.

    Hoy, bajo esta luna nueva en Virgo te recuerdo.

    Aún me tocas, aún te siento.

    Tal vez, incluso, más que cuando a tu lado nos acariciaba el viento.

    Desearía que, así como el calor del verano empieza a desvanecerse,
    se desvanecieran también los rastros de tus labios en mi cuello,
    la ternura de tu mirada descansando sobre mi piel,
    o el roce de tus pies contra los míos antes del anochecer.

    Que te quedaras en el pasado, como quedaron ya
    las flores de Viena,
    los atardeceres de Dresde,
    los helados de Praga,
    las copas de Madrid,
    y los tomates de Francia.

    Pero tú no te quedaste ahí.
    Aún me acompañas,
    hasta este otoño.

    Donde tu recuerdo, lejos de desdibujarse,
    se enraíza.

    El verano te pintó de ilusión y de risa,
    y mi otoño te dibuja de lo que no pudo ser,
    y de melancolía.

    El verano se ha ido,
    y no entiendo… ¿por qué, por qué, por qué
    no te fuiste con él?

  • Fuiste una pausa en el tiempo.

    Dos gotas de agua en una hoja
    que casi coincidieron,
    pero tomaron caminos separados.

    Dos lienzos en blanco
    destinados a ser pintados,
    por separado.

    Así nos describiste.

    Pero decidimos coincidir,
    le pedimos una pausa al tiempo,
    y desde el mediodía hasta el atardecer
    fuimos el mismo lienzo, y la vida nos acarició cual pinceladas.

    Nos acarició con curiosidad,
    cuidadosa pero apasionada,
    tal como deslicé mis yemas sobre las tuyas.

    Fue la suavidad la que detuvo los segundos,
    porque solo la ternura tiene el poder de detener el tiempo.

    Tal vez la suavidad de mis caricias
    no fue más que la manifestación de mi temor,
    el miedo a que la burbuja se rompiera si la tocaba,
    como si un roce más fuerte
    rompiera el hechizo
    y destruyera esa pausa que el tiempo nos había concedido.

    Así que solo dejé mis yemas descansar sobre las tuyas,
    para decirle al adiós, que sabía que vendría,
    que lo aceptaba,
    porque entendí que el tiempo
    solo puede detenerse
    si se le espera
    con ternura.