
Mañana doce de septiembre
tu cumpleaños
tu recuerdo me azota
como látigo que corta el aire
y hiere la piel.
Los sueños me atormentan
y aún siento incertidumbre al no saber
si fuiste tú,
si fui yo,
si fue nuestro destino,
o fuimos los dos.
La última despedida
¿fue la última?
después de tantas veces que nos hemos despedido,
y pensamos efectivamente haberlo concluido.
Como tú dirías, que dijo alguien más…
Que no eras tú,
ni era yo,
sino las manos necias que daban cuerda a ese reloj.
Y sin embargo, muy dentro sé
que fui yo.
La que no pudo, no supo,
o tal vez no quiso
quedarse.
Todavía no sé,
si fue por egoísmo,
por falta de empatía,
o si un día, sin darme cuenta,
el amor se marchó sin despedirse.
Se me escurrieron las ganas como agua entre los dedos.
Y me tomó tanto tiempo verlo.
Mañana doce de septiembre,
otra vez,
tu maldito cumpleaños.
Me pregunto,
¿debería escribirte?
¿Para calmar mi culpa?
¿O será que aún me creo
más importante para ti
de lo que en realidad soy?
Tal vez no te importe si lo hago,
pero tal vez te rompa si lo hago.
O peor aún,
te rompa si no lo hago.
De cualquier manera,
sigo cargando en el pecho
este silencio que me asfixia,
el eco de promesas rotas.
Las que rompiste tú,
las que rompí yo,
las que rompimos los dos,
o esas malditas manos y ese reloj.
Y sobre todo cargo
la más terrible de las certezas:
saber que fui
el villano de la historia,
la mala de tu cuento,
la sombra de la trama,
de la historia más bonita que viví.



